Decisiones invisibles: no cambiar nada para que todo sea diferente

No, no me he liado con el título. La idea que quiero transmitir es esa, pero tendréis que llegar al final del post para entenderlo ;-).

Desde que se celebró el congreso de felicidad en el trabajo estoy un poco obsesionado con este tema. Lo veo por todas partes, como cuando estás “embarazado” y ves embarazadas constantemente, o cuando estás pensando en comprar determinado coche, que de repente ves que lo tiene todo el mundo. Esa especie de obsesión te hace ver detalles que de otra forma no verías. Ya nos lo decían en alguna de las primeras excavaciones arqueológicas en las que estuve al final de la carrera: “solo vas a encontrar aquello que estés buscando”. Y era verdad: todas las sorpresas te las llevabas en la criba, no mientras estabas con el cuchillo y el pincel en tu cuadro de 33x33cm. Me he encontrado citas a la felicidad en un libro sobre decrecimiento que estoy leyendo estos días. He encontrado en una librería un libro de Punset que se titula “el viaje a la felicidad”, y que ya tengo en mi estantería. Hasta en los vestuarios del gimnasio oigo frases sobre el tema.

La frase en cuestión fue “nadie te paga por ser feliz“. También he encontrado en twitter varias referencias a la etimología de la palabra trabajo. Al parecer el origen de la palabra está en “tripalium”, que debía de ser un instrumento de tortura. En la evolución semántica, la palabra pierde el significado de la acción (torturar, tripaliare) y lo sustituye por el efecto (sufrimiento). Incluso en alguna canción popular podríamos sustituir la palabra trabajo por sufrimiento sin que variara ni una pizca el significado del texto. Hace un par de semanas se ha publicado el ebook del congreso de AEDIPE, que contiene reflexiones muy interesantes, algunas de las cuales utilizaré a continuación.

Bien, pues todo esto me ha llevado a plantearme una segunda reflexión: ¿De verdad es obligatorio sufrir en el trabajo? Mi contrato no dice nada de eso. Y si no es obligatorio sufrir, ¿de quién depende el que una persona sea feliz en el trabajo? Como trabajador, ¿puedo hacer algo para ser feliz?; como responsable de personas, ¿puedo hacer algo para que mis compañeros sean felices?. La respuesta a la segunda pregunta quizá sea la más sencilla. En el ebook de AEDIPE se afirma que el jefe “es la principal causa por la que nos cambiamos de trabajo”. Estoy de acuerdo en parte. De hecho, algo de eso hubo la última vez que dejé un curro. Pero, ¿cabría darle la vuelta a la frase y pensar que el jefe es la principal causa por la que no cambiamos de trabajo? No lo creo, ni desde mi posición de “jefe” ni desde mi posición de colaborador.

Imagen tomada de stevenaitchison.co.uk

Pero vamos a la pregunta difícil: ¿podemos hacer algo cada uno de nosotros para ser felices en el trabajo? Pues no tengo ni idea, pero prefiero pensar que podemos hacer algo, así que esa es la tesis que voy a defender en este post :-). El ebook citado da algunas pistas. Rojas Marcos dice que el 30% de los factores que influyen en la felicidad son genéticos (y por tanto, no lo son el 70%). Incluso el 30% de factores genéticos me parece mucho. A la hora de decidir tu destino no creo nada en el determinismo genético, y muy poco en el determinismo ambiental. En términos coloquiales: no creo en la suerte, buena o mala, venga de tu genética, o de las circunstancias que te rodean. Creo en las decisiones personales y en el esfuerzo para lograr tus objetivos. Así que podríamos descartar que el futuro está ya escrito y poco se puede hacer para cambiarlo.

Otra idea presente en el ebook es que “el 100% de la motivación por el trabajo no puede llegar de sus organizaciones o personas responsables“. Esto también me tranquiliza, como responsable y como colaborador porque significa que está en mis manos parte de mi motivación y (solo) parte de la motivación de mis colaboradores. Quizá la dificultad aquí sea identificar qué cosas le motivan a uno para tratar de desarrollar determinadas facetas, tareas, competencias… Pero si es difícil saber lo que le motiva a uno mismo, cuán más difícil será saber lo que les motiva a los demás. En todo caso, es necesario hacer un esfuerzo por saber lo que le motiva a uno mismo y a sus colaboradores.

A todo esto debemos añadir el hábito 1 de Stephen Covey: la proactividad: “soy libre de elegir y soy responsable de mis elecciones”. Y siendo así, no es muy lógico elegir ser infeliz. Una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar fue la de reorientar mi carrera profesional, abandonando mi dedicación a la prehistoria y la arqueología, para lo que me había formado durante 10 años. Pero la decisión era clara: solo podía continuar en esa actividad renunciando a cosas de mi vida personal que me parecían más importantes. Y si a lo largo de nuestra vida hemos tomado decisiones en función de nuestros intereses, ¿por qué no hacerlo ahora?. Elegimos una carrera porque nos gusta y en el futuro nos gustaría trabajar en ello. Elegimos una empresa para trabajar porque nos gusta lo que nos ofrece y el primer día de trabajo estamos encantados, pero con el tiempo se pierde la pasión 😉 Visto así, parece que solo tomamos decisiones cuando se producen cambios visibles: empezar determinados estudios, determinado trabajo, determinada relación… Creo que deberíamos tambien tomar “decisiones invisibles“, que aparentemente no cambian nada, pero que en el fondo lo cambian todo. Sería lo contrario a la tesis lampedusiana: “si queremos que todo siga como está es necesario que todo cambie”. La tesis de estas “decisiones invisibles” sería algo así como “si queremos que todo cambie, es necesario que todo (lo externo) siga como está”. Visto así, una decisión invisible sería la siguiente: “decido seguir trabajando en esta empresa porque/para (rellénese con lo que proceda), siendo feliz“. Al contrario de lo que sucedería en la Sicilia de El Gatopardo, la decisión es que nada cambie externamente y que todos los cambios se produzcan en el interior de la persona (que está más en nuestra mano, por cierto). El cambio se produce internamente, valorando las ventajas de nuestra situación actual frente a los inconvenientes de otra situación diferente y descubriendo, quizá, que no estamos tan mal como pensamos. Si llegamos a ese convencimiento es el momento de tomar una decisión invisible. En cambio, si descubrimos que hay mejores opciones ahí fuera, entonces debemos ir a por ellas. Depende de nosotros. O no, que para eso esto es un blog de dudas :-).

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